Hay una cita atribuida a Einstein que dice:
«Todo debe hacerse tan simple como sea posible, pero no más simple.»
Me parece uno de los mejores principios que existen para la consultoría.
Cuando intentamos resolver un problema, deberíamos buscar la solución más simple posible. Con una única condición: que resuelva el problema.
Parece obvio. Sin embargo, en muchos proyectos ocurre justo lo contrario.
¿Por qué merece la pena apostar por la simplicidad?
Porque la complejidad tiene un coste.
Las soluciones complejas suelen requerir más mantenimiento. Son más difíciles de explicar a clientes, compañeros y equipos de operación. Y, cuando algo falla, normalmente también son más difíciles de diagnosticar y corregir.
Además, cuando evaluamos una solución, no deberíamos fijarnos únicamente en el coste de implementación. También hay que considerar los costes que aparecen después:
- Formación de los equipos.
- Operación diaria.
- Resolución de incidencias.
- Documentación.
- Integraciones con otros sistemas.
- Evolución futura de la solución.
Puede que una alternativa más compleja aporte algo más de valor. La pregunta es si ese valor adicional compensa todo lo que vamos a pagar durante los próximos años.
Entonces, si la simplicidad es tan valiosa, ¿por qué muchas veces terminamos construyendo soluciones complejas?
Creo que hay varios motivos.
El primero es que encontrar una solución sencilla suele ser difícil.
Aunque parezca paradójico, simplificar requiere esfuerzo.
Es más fácil escribir un texto rápido que dedicar tiempo a revisar, eliminar redundancias y asegurarse de que transmite exactamente el mensaje que queremos comunicar.
También es más fácil desarrollar algo que simplemente funcione que detenerse a analizar cómo interactúa con el resto del sistema, si será fácil de mantener o si alguien más podrá entenderlo dentro de un año.
La simplicidad rara vez aparece por accidente.
Otro motivo es la percepción de valor.
En consultoría es fácil caer en la tentación de pensar que una solución compleja transmite más conocimiento, más trabajo o más sofisticación.
Un cliente puede ver un diagrama con 50 cajas, una presentación de 200 diapositivas o una arquitectura llena de componentes y pensar:
«Aquí hay mucho trabajo.»
Lo que no ve es que alguien haya dedicado tres días a eliminar 40 de esas cajas porque no aportaban nada.
La simplicidad suele ocultar el esfuerzo que hay detrás.
Y precisamente por eso tiene tanto valor.
También existe la sensación de productividad.
A veces encontramos una solución que resuelve el problema en una hora. Sin embargo, dedicar cuatro horas a algo más complejo puede hacernos sentir más ocupados y, por tanto, más productivos.
Pero estar ocupado y ser productivo no son lo mismo.
La productividad consiste en obtener resultados, no en consumir tiempo.
Por último, la complejidad suele generar dependencia.
Cuando la única persona capaz de explicar una solución es quien la diseñó, existe un riesgo.
Las mejores soluciones no son las que requieren constantemente la presencia de su creador. Son las que pueden entenderse, operarse y evolucionarse sin él.
Como cliente, hay tres preguntas que merece la pena hacerse ante cualquier propuesta:
- ¿Existe una forma más simple de resolver este problema?
- Si la consultora desapareciera mañana, ¿alguien entendería la solución?
- ¿El valor adicional compensa realmente toda la complejidad añadida?
Porque en consultoría la complejidad suele impresionar durante la presentación.
La simplicidad demuestra su valor durante años.